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Bisontes de Santa Catalina: la herencia olvidada

Bisontes de Santa Catalina: la herencia olvidada
Imagen: xataka.com. Uso informativo; los derechos pertenecen a su titular.

Los bisontes que llegaron con el cine

En el año 1924, un acontecimiento extraordinario transformaría para siempre el futuro de la isla californiana de Santa Catalina. La compañía cinematográfica Famous Players-Lasky, que posteriormente se conocería como Paramount Pictures, desembarcó en el Puerto del Gato una carga muy particular: catorce bisontes procedentes directamente del rebaño principal de Yellowstone. Estos magníficos animales llegaban con un propósito muy específico: servir como extras en una producción cinematográfica cuyo título exacto permanece en el olvido.

La filmación en Santa Catalina se realizó según lo previsto, pero cuando el equipo de rodaje abandonó la isla para regresar al continente, los bisontes se quedaron atrás. Nadie se encargó de repatriarlos, nadie organizó su traslado de regreso, y simplemente fueron olvidados en aquella isla del Pacífico. Lo que comenzó como un simple descuido de la industria del cine se convertiría eventualmente en uno de los mayores desafíos ecológicos jamás enfrentados por esta región.

El magnate del chicle y su pasión por los bisontes

William Wrigley Jr., el poderoso magnate que había amasado una inmensa fortuna gracias a su imperio del chicle, ejercía desde 1919 como propietario de facto de la isla de Santa Catalina. Cuando descubrió la presencia de aquellos animales aparentemente abandonados, lejos de verlos como un problema, quedó cautivado por la idea de mantenerlos en su propiedad. Wrigley consideraba que estos bichos descontextualizados conferían un cierto carácter pintoresco a su isla.

Su fascinación por los bisontes no se limitó simplemente a tolerar su presencia. En 1934, Wrigley tomó la decisión de adquirir una decena adicional de estos animales e introducirlos deliberadamente en las zonas montañosas de Santa Catalina. Esta acción, motivada más por capricho que por consideraciones ecológicas, desencadenaría una cadena de eventos que perduraría durante décadas y alteraría permanentemente el equilibrio natural de la isla.

El crecimiento exponencial de la población

Sin depredadores naturales que regularan su número, los bisontes iniciaron un proceso de reproducción acelerada que resultó en un crecimiento poblacional espectacular. Las cifras documentadas reflejan esta expansión dramática: de los bisontes iniciales, la población creció a ochenta ejemplares hacia 1955, se multiplicó a cuatrocientos en 1969 y alcanzó la cifra de 524 en el año 1987. Este incremento exponencial generó alarma entre los conservacionistas y ecólogos.

El impacto ecológico en un ecosistema frágil

La situación se volvió insostenible cuando resultó evidente que la isla no podía soportar indefinidamente semejante densidad de estos grandes herbívoros. Un estudio detallado realizado en 2005 por investigadores especializados en ecología insular examinó minuciosamente los efectos de la población bisonte sobre el frágil ecosistema de Santa Catalina. Este análisis reveló datos perturbadores sobre el daño causado.

Los científicos descubrieron que la isla contenía veintidós áreas ecológicas particularmente sensibles y albergaba seis especies endémicas de plantas que no existían en ningún otro lugar del planeta. Los bisontes, como herbívoros de gran tamaño, estaban degradando estas áreas críticas mediante el sobrepastoreo. Los expertos calcularon que las 76 millas cuadradas útiles de la isla podían mantener de forma segura un máximo de aproximadamente 200 bisontes, lo que significaba que la población existente prácticamente duplicaba la capacidad sostenible.

Primeros intentos de solución

La organización Catalina Island Conservancy tomó medidas para abordar la crisis ecológica. Realizaron el traslado de aproximadamente cien bisontes hacia Dakota del Sur, con la esperanza de reducir significativamente la población insular. Sin embargo, esta iniciativa no produjo los resultados esperados, ya que la situación en la isla no mejoró sustancialmente tras estas extracciones.

El panorama se complicó aún más cuando las reservas de bisontes continentales, tras analizar genéticamente el linaje específico de Santa Catalina, descubrieron que esta población presentaba una contaminación genética con ganado doméstico. Consecuentemente, estas instituciones de conservación rechazaron aceptar más animales procedentes de la isla, argumentando que su misión fundamental era preservar la pureza genética de la especie y que los bisontes de Santa Catalina representaban un riesgo para ese objetivo.

La controvertida solución: esterilización química

En 2009, ante el callejón sin salida creado por los rechazo anteriores, se implementó una estrategia radicalmente diferente. La Catalina Island Conservancy decidió aplicar un tratamiento farmacológico basado en un inmunoanticonceptivo reversible que permitiría reducir la tasa de natalidad sin necesidad de sacrificar ejemplares. Este enfoque presentaba una apariencia humanitaria y aparentemente compasiva hacia los animales.

Los resultados iniciales parecieron exitosos. La tasa de natalidad se desplomó espectacularmente, pasando del 67,4 por ciento registrado en 2010 al cero por ciento entre los años 2014 y 2016. El método parecía funcionar eficientemente como mecanismo de control poblacional. Sin embargo, cuando posteriormente se interrumpió el tratamiento con la intención de restaurar la capacidad reproductiva natural de los bisontes, los investigadores enfrentaron un descubrimiento desalentador.

Un final inesperado para el rebaño

La natalidad no se recuperó tras la suspensión del tratamiento anticonceptivo. Esto llevó a la conclusión inquietante de que el inmunoanticonceptivo, contrariamente a su supuesta naturaleza reversible, había causado una esterilización permanente en la población. Aquello que fue presentado como una solución humanitaria se transformó en la castración irreversible de todo el rebaño.

En la actualidad, después de casi un siglo desde que aquellos primeros bisontes desembarcaron en el Puerto del Gato, solamente permanecen alrededor de 80 ejemplares en Santa Catalina. Todos estos animales restantes son adultos y muchos se aproximan a los veinte años de edad, que constituye el límite de esperanza de vida típicamente asociado con la especie en su estado natural. A medida que estos últimos supervivientes envejecen, la población bisonte de la isla se encamina lentamente hacia su extinción local, escribiendo así un epílogo melancólico a una historia que comenzó con el descuido cinematográfico y continuó con decisiones de conservación profundamente cuestionables.

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